top of page

EL DESASTRE DE ANNUAL

Actualizado: 30 oct 2020

Un breve resumen del Desastre, extraído de La Fe del Converso (https://www.amazon.es/dp/B08JH6DX1L)

El general Silvestre. Fuente. Nuevo Mundo, 5 de agosto de 1921, p. 7. Coloreada por el autor de este post.


El 21 de julio comenzaron a llegar tímidas noticias sobre la Comandancia General de Melilla. Se hablaba de ataques a campamentos españoles.

Julio no era un mes de labores en el campo, por lo que los rifeños se hallaban libres del sus tareas de siembra y recogida que componían la base fundamental para su sustento. En todo el protectorado existía un Alto Comisario, que en el verano de 1921 era el general de división Dámaso Berenguer Fusté. De Berenguer colgaban tres comandancias generales: La de Ceuta y la de Melilla eran mandadas por generales con la misma graduación que el Alto Comisario. Por último, la de Larache era dirigida por un general de brigada.

La política de Berenguer era focalizarse durante el verano en Ceuta, ya que, si bien, las unidades en el Protectorado eran muy numerosas, estas se hallaban diseminadas en multitud de poblaciones y posiciones, por lo que las tropas para maniobrar permitían un único esfuerzo, no siendo aconsejable realizar grandes operaciones de forma simultánea en dos, o tres Comandancias Generales al mismo tiempo.

Silvestre, era un general de Caballería (como Berenguer), veterano de Cuba, había hecho una carrera meteórica tras salir de la Academia General Militar. Se carteaba directamente con el rey Alfonso XIII, a quien conocía, por haber estado en su gabinete, y con quien mantenía una buena relación. El rey, se carteaba directamente con oficiales sin mediar conducto reglamentario alguno. Si bien, las más de las veces, su correspondencia era para infundir palabras de ánimo o agradecimiento por las diferentes acciones que estos iban acometiendo.

Silvestre era un hombre impaciente y pensaba que, con 27.000 hombres, que era de los que disponía en 1921, podría fácilmente irse haciendo con toda la parte del protectorado que le correspondía a su Comandancia. Hasta esa fecha apenas había tenido incidentes. Las tropas españolas iban avanzando con rapidez, consolidando posiciones de dos formas: en retaguardia, dando seguridad a las líneas de comunicación, que eran escasas y de mala calidad, y que se basaban en caminos carreteros. Las otras posiciones eran aquellas que se ubicaban en vanguardia, eligiendo lugares más o menos dominantes, que pudieran hacer fuego en 360º y que garantizaran la sustentación de la línea del frente.

Las posiciones, sobre todo las ocupadas a vanguardia, no siempre se disponían en el mejor lugar, pues, normalmente, si había una buena ventaja táctica, significaba que la posición estaría en una loma, por lo que nunca se establecería en las proximidades de algún curso de agua que pudiera servir para aprovisionar de tan importante líquido a sus ocupantes.

Igueriben era una de aquellas posiciones de vanguardia. No había sido instalada en el mejor lugar, ya que, una elevación, denominada la Loma de los Árboles, dominaba desde cierta distancia a los parapetos españoles, y además permitía ejercer un sector de tiro perfecto sobre la vaguada que existía entre Annual e Igueriben. Annual era la posición principal, donde se hallaba el Cuartel General de Silvestre y varios batallones, pudiendo haber en aquel verano de 1921 alrededor de 4000 militares tras sus muros defensivos.

Igueriben sufrió hostigamientos continuos entre los días 17 y 21, agotó sus reservas de agua y no pudo ser reabastecida por los elementos logísticos desde Annual, ya que, cada intento de hacerles llegar suministros era hostigado de forma insoportable. Durante los cinco días, no se consiguió hacer aguada en Igueriben. 300 hombres morían literalmente de sed, en pleno mes de julio, mientras combatían al sol hora tras hora a los constantes hostigamientos rifeños. Tres intentos de socorro se lanzaron desde Annual, que se hallaba a unos 4 kilómetros de los sitiados. Silvestre les pidió el día 20 que resistieran unas horas más y que ya les llegaría el socorro prometido. El comandante telegrafío, que prometían a su general que no se rendirían. La situación ya era crítica: sin víveres, sin agua, y con escasas municiones, la suerte estaba echada. Benítez enviaba un mensaje:

"Es horrenda la sed; se han bebido la tinta, la colonia, los orines mezclados con azúcar. Se echan arenilla en la boca para provocar en vano la salivación. Los hombres se meten desnudos en los hoyos que se hacen para gustar el consuelo de la humedad. Se ahogan con el hedor de los cadáveres"[i].

Ante tal descripción de lo que sucedía, Silvestre se negó a abandonarles. Costara lo que costara iba a socorrer a aquellos pobres desdichados: “Resistid esta noche y mañana os juramos que seréis salvados o quedaremos todos en el campo del honor”. Fue el mensaje que recibió el comandante Benítez. El enemigo estaba tan cerca, que los que sobrevivían, a pesar de la sed y las penalidades debían permanecer todo el tiempo en el parapeto, por el temor a ser literalmente degollados en un asalto durante la noche. La posición estaba muy mal ubicada, teniendo áreas ciegas que no permitían ver si los rifeños se aproximaban y que, además, estaban muy próximas a la posición.

El último intento lo llevó a cabo una columna dirigida personalmente por el general Silvestre. Tampoco consiguieron llegar, además de tener numerosas bajas, porque el esfuerzo fue titánico en unas condiciones en las que la operación era prácticamente un suicidio. A la llegada a Annual, el propio campamento estaba ya rodeado de rifeños. En la reunión con los oficiales, estos le hicieron ver que la retirada de Igueriben era la única solución posible, aunque costara muchas bajas. Silvestre no pudo negase a la evidencia y cedió. La orden llegó al comandante Benítez, que era consciente, que significaba la muerte de la mayoría de los que aún sobrevivían entre los sacos terreros que rodeaban la posición.

Benítez mandó un mensaje de despedida que era más que esclarecedor:

"Nunca esperé de Vuestra Excelencia recibir orden de evacuar esta posición, pero cumpliendo lo que me ordena, en este momento, y como la tropa nada tiene que ver con los errores cometidos por el mando, dispongo que empiece la retirada, cubriéndola y protegiéndola debidamente pues la oficialidad que integra esta posición conscientes de su deber, sabremos morir como mueren los oficiales españoles"[ii].

Tras la caída de Igueriben Annual estaba condenada. Solo había municiones para un día, las rutas de abastecimiento y de evacuación estaban ya ocupadas por el enemigo y apenas quedaba un camino libre para tratar de retirarse hacia el Este. Silvestre no quería evacuar, pensaba que era mejor tratar de resistir y que el Alto Comisariado desde Ceuta tratara de efectuar un simulacro de desembarco en Alhucemas para aliviar su precaria situación. De nuevo sus oficiales le hicieron ver lo inevitable.

Durante la noche del 22 se preparó aceleradamente el repliegue de miles de hombres, ganado y pertrechos. Las fuerzas indígenas debían cubrir los flancos del camino que circulaba a caballo de una vaguada. Cuando se inició el repliegue los indígenas, de repente, se pasaron al enemigo, disparando sobre aquellos que tenían que proteger. Ya no era una retirada, era una huida en toda regla. Los soldados abandonaban pertrechos y armamento y corrían en desbandada para salvar sus vidas. Silvestre y sus coroneles permanecieron en la posición. De estos últimos se recogieron sus cadáveres, el de aquel intrépido general de Caballería, nunca se recuperó.

El Regimiento de Caballería Alcántara, con su jefe a la cabeza, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera (hermano del dictador), se sacrificó casi al completo cargando contra los rifeños que perseguían las columnas españolas. Cargaron sucesivas veces contra las ametralladoras hasta prácticamente sucumbir en una gesta que no fue reconocida hasta muchas décadas más tarde.

El general Navarro, segundo jefe de la Comandancia de Melilla fue recogiendo posiciones, para que se fueran uniendo a una columna de supervivientes, que, a pesar de las penosas condiciones, hicieron a pie 70 kilómetros para refugiarse en Monte Arruit. Sus instalaciones albergaron durante varios días a un par de miles de supervivientes de todas las posiciones. Rodeados y alejados de Melilla, la posición aguantó unos días hasta que pactaron una rendición. Los rifeños, tras abandonar los españoles armas y pertrechos y entregarse, pasaron a cuchillo a los elementos de tropa, haciendo prisioneros a los oficiales para pedir rescate por ellos.

El desastre no tenía precedentes en la historia militar española. Se calcula que pudieron perderse entre 12.000 y 14.000 hombres, más de la mitad de los presentes en Melilla en 1921, ya que, aunque la dotación de la Comandancia era de unos 27.000, había varios de permiso en la península, ya que se trataba del mes de julio.

Las Cortes se suspendieron, se impuso la censura a la prensa durante varios días, para evitar revueltas en la península. En seguida, comenzó otra operación militar para reconquistar todo lo perdido. En aquella operación se distinguiría una unidad recién creada en septiembre del año anterior: El Tercio de Extranjeros, con su jefe, el teniente coronel Millán Astray a la cabeza, y entre los que se encontraba un joven comandante que sería protagonista de la historia de España desde 1936.

[i] (Casado y Escudero, 2007, pág. 119) [ii] Ibid.

176 visualizaciones2 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page