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UN PERIODISTA EN LA GUERRA DE MELILLA II


— ¡Viva España! — gritó el teniente coronel elevando su mano derecha, que empuñaba su pistola Mars. Los sesenta o setenta hombres que habían acudido a su llamada contestaron con un grito que rascó sus gargantas.


Corrieron ladera abajo, con sus fusiles dispuestos a acuchillar lo que se les pusiera por delante, con las bocas abiertas y gritando como si estuvieran poseídos. Esa manera de gritar, desde las propias entrañas, era la mejor forma de desafiar el miedo a la oscuridad y a la incertidumbre de lo que iban a encontrar. Corrieron como uno solo, hacia el frente y sin vacilar, liderados por el jefe de la posición.


Aquellos muchachos, muchos de ellos analfabetos, que se habían criado en pueblos muy alejados de ciudades, universidades, centros culturales y políticos. Que nunca habían tenido acceso a un periódico o a una tertulia. Aquellos eran los que se batían el cobre mientras en los cafés de Madrid o Barcelona se discutía sobre lo que tenían que hacer nuestras tropas sin haber siquiera visto el Gurugú en una foto. Aquellos iban decididos a matar o morir, motivados y empujados por los compañeros que les flanqueaban, con sus cabos y sargentos que les arengaban, con los oficiales que les mostraban el ejemplo de gallardía y valentía.


Las dos secciones que tenían como misión defender la gola de la explanada eran del Batallón Mérida. Los que atacaban para recuperarla eran una mixtura de artilleros, Zapadores, algún sanitario y la otra sección del Mérida que se había constituido como núcleo de reserva.


En el proceso en que el teniente coronel estaba reuniendo su heterogénea fuerza de respuesta, lo que quedaba de las dos secciones que defendían la gola se habían replegado hacia la alambrada, por lo que algunos enemigos habían penetrado en el campamento. No podíamos ver nada, solo escuchábamos gritos y se oían disparos a bocajarro. De vez en cuando un cuchillo brillaba un instante al recibir el reflejo de una luna menguante, que no era capaz de ofrecer la luz suficiente para distinguir un hombre a más de 10 metros de distancia.


Mi corazón se aceleró como nunca lo había hecho, Campúa y yo estábamos indefensos, con la espalda contra la pared de sacos terreros y sentados con las rodillas recogidas, los ojos nerviosos, movíamos las cabezas como un pájaro asustado cada vez que se oía un ruido o un grito, en una dirección o en otra, pero sin ser capaces de visionar exactamente que sucedía.

El avance del núcleo de reserva fue efectivo, consiguieron que los moros se batieran en retirada y recuperaron la explanada, evitando que el ganado quedara a merced del enemigo.

Los oficiales de las dos secciones del Mérida que habían retrocedido hasta la alambrada trataban de reagrupar a su gente para volver a ocupar los débiles parapetos de la gola que protegía la explanada. El teniente coronel Pedreira permaneció con ellos, reforzando de ese modo aquel sector.


Los rifeños se habían dispersado, pero en pocos minutos consiguieron organizarse de nuevo. Bajo la gola, había piedras de gran tamaño a lo largo de toda la ladera. Los moros se habían parapetado tras ellas y volvían de nuevo a hacer un denso fuego a una distancia de unos 200 metros. El tiroteo fue tan intenso que los españoles tuvieron que volver a replegarse hacia la alambrada, dejando la explanada con varios heridos que tuvieron que abandonar por el riesgo de perecer todos. En el repliegue abandonaron también algunas cajas de munición.

De nuevo el teniente coronel Pedreira ordenó volver a reagruparse, tanto a las tropas que había traído él a aquel sector, como a las dos secciones del Mérida. Una vez más se establecieron desplegados en guerrilla, codo con codo, con los fusiles al frente y sus cuchillos bayonetas dispuestos a machacar todo lo que se ofreciera en su avance.


Esta vez los moros no se replegaron, lucharon al arma blanca contra los españoles. Todos se vieron envueltos en un combate más propio del medievo que del siglo xx.


En medio de la confusión algunos moros llegaron a la alambrada, intentando cortarla. Lo que supondría vía libre para entrar en masa en el campamento y no en elementos sueltos como había sucedido media hora antes.


El resto de los sectores continuaba recibiendo fuego nutrido. Estaba claro que el número de rifeños era muy superior al que el Estado Mayor había inferido. Comencé a temer de verdad por nuestra integridad. Pensé por un momento que podían desbordar a nuestros fieros soldados y pasar a cuchillo a toda la posición.


Por primera vez, escuchamos las balas silbar sobre nosotros, había escuchado muchas veces hablar sobre el sonido que provocaban los proyectiles al pasar muy próximos. Ahora ya sabía que no era un simple dicho, sino cierto como el miedo que tenía en ese momento.


Campúa, mucho más sereno que yo, me agarró del brazo y me indicó que le siguiera. Más por el temor a quedarme solo que por las ganas de abandonar aquel pequeño refugio, le seguí. Llegamos a la alambrada que estaba orientada hacia la explanada, había tres moros muertos sobre ella, desde allí podíamos escuchar a sargentos y oficiales dar indicaciones para que los hombres se reagruparan. Parecía que la resolución en la explanada se estaba decantando en favor de los nuestros.


Campúa saltó la alambrada aprovechando el cuerpo de uno de los desdichados rifeños que yacían sobre ella, yo hice lo propio, nos fuimos acercando hasta poder visualizar a pocos metros la formación de los españoles. Habían conseguido llegar a los parapetos del perímetro de la explanada, consiguiendo que los moros la despejaran. Se oían quejidos por todas partes, llamadas a los sanitarios, voces y más voces, en todas las direcciones, era el sonido de la mixtura entre el dolor y el caos. Una camilla porteada por dos aguerridos hombres pasó justo a nuestro lado, llevaban un soldado cuyas heridas no podíamos distinguir, pero que gritaba desgarradoramente.


Nos dirigimos a la enfermería. Allí un médico primero, con el ralladillo lleno de sangre, trataba de hacer un triaje con lo que le iba llegando. Se trataba de dos tiendas cónicas normales, con una lámpara de aceite en cada una de ellas que iluminaba lo mínimo para poder ver algo y que no fuera excesivamente escandalosa desde cierta distancia. Los Zapadores habían colocado un muro de piedra alrededor, para tratar de mantenerlas a salvo, asemejando un antiguo castro celta.


—Don Mariano, traemos dos más —dijo uno de los soldados. El médico y sus tres o cuatro ayudantes no daban abasto tratando de detener hemorragias, ya que muchas de las heridas habían sido provocadas directamente por arma blanca.


Campúa se quitó la chaqueta.

— ¿En qué podemos ayudar? —preguntó el fotógrafo subiéndose las mangas de su camisa hecha a medida.

—Presione aquí. —contestó el médico, mientras guiaba las manos de Campúa hacia las suyas, que apretaban para detener un abundante sangrado en la pierna de un joven que ya había perdido el conocimiento.


Yo estaba inmóvil, completamente bloqueado, absorto al ver a aquellos muchachos agonizando y a aquel doctor, que apenas tenía cuatro o cinco años más que yo, multiplicándose y dando instrucciones a todos los hombres que le auxiliaban, y ahora también a Campúa.


El fuerte olor a alcohol y éter, así como la dantesca escena pudieron conmigo. Comencé a marearme y decidí por un momento salir de la tienda, necesitaba algo de aire que despejara mi sensación de debilidad y abatimiento.


Acababa de salir de aquella cónica blanca teñida en su interior por tanta sangre española, cuando de repente, dos resplandores iluminaron el horizonte justo debajo de la explanada del ganado. Era la Artillería de la 2ª Caseta, estaba haciendo fuego sobre las piedras de la ladera donde se habían refugiado los rifeños. Apenas a un segundo de apreciar el fogonazo se escucharon dos detonaciones casi simultáneas. Unos instantes después, otros dos fogonazos volvieron a ofrecer un destello de claridad en medio de aquella macabra noche. Los soldados comenzaron a gritar de júbilo:

—Tomad ¡Hijos de puta! —voceaban mientras algunos arbustos en llamas permitían ver las sombras de los moros corriendo ladera abajo. Daba la impresión que esta vez ya no hacían un repliegue táctico, sino que huían de verdad. Los disparos en el resto de los sectores comenzaron también a disminuir. Por fin unos minutos de tranquilidad.

El teniente coronel volvió a su Puesto de Mando, una vez todos los sectores se encontraban estabilizados. Mandó llamar a los capitanes, al médico, al jefe de la Sección de Zapadores, al de la Sección de Ametralladoras y al teniente de Artillería. Campúa permanecía en la enfermería, yo me acerqué a aquel corrillo para tratar de escuchar la conversación. Estaba tan interesado como cualquiera en conocer la situación de primera mano, no ya por mi condición de periodista, sino porque mi propia vida y la de mi compañero iba también en ello...........



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